miércoles, 30 de noviembre de 2016

Pasión de marinero


“Aquí murió mucha gente, pero nadie puede hablar de eso”. Esa frase retumbaba en la cabeza de cada uno de los alumnos del colegio militar. Ellos afirmaban que estuvieron ajenos al pasado oscuro. A la época más triste de la historia argentina. Sin embargo, todo el mundo sabía que en la ESMA se torturó gente en la última dictadura. Había un código de silencio. Nadie podía hablar del tema. Alfredo sabía que debía callarse. Su mente pensaba mucho, pero su boca no emitía palabra. Por las noches de guardia, se sentían muchos ruidos. Eran los retazos que quedaron de aquella dolorosa página en la historia de nuestro país. 

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Alfredo se sentó en una silla blanca de plástico. Quiso alcanzar el control remoto de la televisión. Lo tomó, cuando de repente sonó su celular. Se sorprendió por la llamada.
-Hola “Chueco”, ¿Cómo estás?
- ¿Quién habla?
-Soy yo, “Lolo” Bessero. Tu camada de la promoción 35. ¿Te acordas de mí?
En ese momento la llamada se cortó. Una lágrima cae por la mejilla derecha de “Fredy”, (Como le dicen los conocidos). Tardó en reponerse. La emoción era muy fuerte. 
A partir de ese momento miles de recuerdos vinieron a la mente de Alfredo. Las cenizas del pasado volvían. 
Pude observar que mi padre estaba algo raro. Lo vi en su cara. Estaba muy conmovido, ya que no había tenido novedades de sus ex compañeros de la marina desde que pidió la baja y se volvió a Tucumán. 
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Cuatro pilares blancos y gigantes, escoltaban una pequeña puerta. En la parte superior, con letras doradas y en mayúscula resaltaba el nombre de “Escuela de Mecánica de la Armada”. El edificio de Avenida del Libertador 8151, en el barrio porteño de Belgrano, no era un edificio más. Detrás de esos paredones blancos, adornados con grandes ventanales se escondían muchos secretos.
A las 6 de la mañana, el sol pedía permiso para asomarse. Se escuchaba un fuerte sonido de un silbato, que irrumpía con el silencio sepulcral del imponente establecimiento militar.
La señal de los oficiales mayores era sagrada. Alfredo y sus compañeros no podían demorar ni un segundo. Bajaba de su cama, que se le había asignado en el pabellón e inmediatamente debía saltar a la par de su lecho. Este ejercicio matutino y rutinario, era una orden de los supervisores para que los aspirantes navales se despabilaran antes de iniciar sus actividades diarias.
Treinta minutos. Ese era el tiempo máximo que tenían esos pibes de 16 años para higienizarse y desayunar. Si superaban ese lapso otorgado, la sanción era inevitable. 
La formación militar, era lo más importante. Si llegabas tarde o si formabas mal, se consideraba un acto de indisciplina. Si uno se equivocaba, pagaban todos.
El adiestramiento incluía formación y baile. El famoso “Baile” en la jerga de los “milicos”, consistía en pruebas como “Cuerpo a tierra”, “Carrera mar” y “flexionados mar”. El agotamiento se dejaba entrever en el rostro de Alfredo. Sin embargo, él sabía que el cansancio no podía vencer. El día en la Armada era largo y tedioso.
El almuerzo debía ser relámpago. Muchas veces no los dejaban hacer la digestión y ya tenían que volver a las tareas. La jornada se completaba con cursos y charlas relacionadas a la carrera.
La última actividad era el desfile. Uno a la par de otro, como si fueran hormiguitas blancas. Identificados con su uniforme blanco que usaban en el verano. Ninguno podía salirse de la fila. 
Cuando el reloj marcaba las 22, todos debían estar en sus camas. Si alguno deambulaba por el pabellón después de la hora de dormir, el castigo era colectivo. Alfredo, exhausto por el largo día, nunca tuvo problemas de sueño. Apenas apoyaba su cabeza en la almohada, cerraba los ojos y se fundía en un sueño profundo. Él era consciente. Sabía que si quería estar allí, no podía dar un paso en falso. En su cabeza sólo estaba el pensamiento de su familia y de saber que el día siguiente iba a ser más duro y que necesitaba si o si reponer energías. 
                                                                                                                 
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Alfredo se levantó de su silla. Se dirigió hacia el baño, abrió la canilla. Se mojó la cara y se miró al espejo. Sabía que ya no era el mismo. No era aquel joven, ágil y atleta que no le temía a nada. El paso de los años se denotaba en su físico y en su forma de pensar. Ya pasaron 35 años de ese 1981, donde ese pibe de 17 años se apasionaba por su carrera militar y estaba decidido a comerse el mundo.
El sonido del teléfono volvió a sorprenderlo. Miró en la pantalla de su celular y era el mismo número que lo había llamado anteriormente. Atendió.

-Hola.
-"Chueco" ¿Qué te pasó? ¿Se cortó la llamada?
-Sí, parece que me quedé sin señal.
-No hay drama, te habla Salvador “Lolo” Bessero. ¿Te acordas verdad?
-Claro compadre! Tantos años.
-Te quería avisar que los changos de la “Promo ‘35” quieren reunirse en Córdoba, en Octubre. ¿Estarías dispuesto a ir?
-Creo que no habría problema. Tengo que pensarlo bien y te aviso. (El tono de voz se le volvía a entrecortar a Alfredo).
-Dale camada, estamos en contacto.

En ese momento, Alfredo no sabía qué hacer, ni que pensar. El pasado tocaba su puerta y lo removía entero por dentro. Una mezcla de sensaciones recorría todo su cuerpo. 
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La mañana era fría. El viento rozaba y quemaba las mejillas de los aspirantes navales. El sol hizo sentir su ausencia, en una jornada matutina teñida de gris. 
Alfredo dejaba entrever su cansancio. Estaba harto de las órdenes prepotentes de los suboficiales. Sin embargo, sabía que tenía que respetar y acatar cada una de las palabras que salían de la boca de las autoridades del colegio militar. Con ellos no había relación.
Los únicos dichos que se intercambiaban eran los pactados en las reglas y normas de la institución. Los compañeros sabían que “El Chueco” era atorrante y rebelde. Pero nunca se imaginaron, que el dragoneante Reynaga tuviera un acto de indisciplina con uno de los mayores. Fue un entredicho, el cual obligó a Alfredo a ser castigado todo el fin de semana.
El mismo día que "Fredy" fue castigado y aislado, su madre había ido a visitarlo. Más de 1200 kilómetros había recorrido Carmen Rodríguez. Su rostro denotaba cansancio por las más de 20 horas que había tenido que soportar en el largo viaje en tren. Su ansiedad era notoria. Quería ver desesperadamente al único hijo de los seis varones que no se encontraba en casa. Llegó a la puerta del establecimiento y se sorprendió. El corazón le latía fuerte. Le comunicaron que su hijo estaba incomunicado por un acto de indisciplina. Ella pidió que lo dejaran ver aunque sea cinco minutos. El guardia, nacido en Tucumán se conmovió con sus comprovincianos y accedió. Dejó entrar a Carmen para que pudiera hablar con su hijo. Transmitirle cuanto se lo extrañaba en su provincia natal y brindarle todo el apoyo posible a través de un abrazo. 
En ese abrazo, Alfredo encontró muchas sensaciones. Sentimientos encontrados. Ganas de no soltar nunca a su madre y volverse a Tucumán, tirando todo por la borda. Pero no. Ese abrazo fue el que le dio muchas más fuerzas para seguir adelante. Para no darse por vencido. Él sabía que la lucha debía continuar.   
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Sonó la alarma. El reloj marcaba las 6 de la mañana. Alfredo abrió los ojos lentamente. Se sentó en la cama y pensaba. Tenía la mirada perdida. El recuerdo de la hora golpeaba en su mente y en su corazón. El mismo horario lo trasladaba 35 años atrás. Sabía que actualmente las obligaciones y las responsabilidades eran otras. Se levantó de la cama y se dirigió al baño. Se mojó el rostro y se miró al espejo. En ese momento decidió volver al pasado. Tomó su teléfono, buscó en sus contactos y apretó la opción llamar.
-Hola "Lolo" ¿Cómo estás? 
-Hola "Chueco" ¿Qué contas?
-Aquí ando tirando nomas. Sabes que te llamaba para decirte que al final decidí prenderme para ir al encuentro en Córdoba.
-Que alegría me das "Chueco" querido. Ya le comunico la noticia a los camadas. Anda armando el bolso, a las 22 te paso a buscar.
-Meta compadre, nos vemos.

Alfredo no perdió el tiempo. Tomó la decisión de no ir al trabajo. Agarró su bolso verde con negro, viejo y un poco arruinado por el uso y comenzó a llenarlo de ropa y algunas cosas personales que creía que le hacían falta para este viaje. En realidad, no quería llenarlo demasiado. Esto se debía, a que en el viaje de regreso quería traerlo lleno de recuerdos y emociones.
Un auto gris, marca Volkswagen se estaciona en frente del portón negro de la casa de la familia Reynaga. La bocina sorprendió a "Fredy", que se despide de mi madre y me da un abrazo. Se subió al vehículo con la ilusión del reencuentro.
Pude ver en el rostro de mi viejo, que la alegría lo desbordaba. Nos agradecía por haberlo impulsado junto a mi madre Fátima, que realizara este viaje y se reencontrara con sus ex compañeros. 
El conductor del auto, lo esperaba a la par del vehículo. Era “Lolo” Bessero. Alguien a quien Alfredo recordaba muy bien. Se fundieron en un abrazo que sería la antesala de lo que se venía. Un viaje largo los aguardaba hasta “Piquillín”. Un pueblito chico y sencillo a 40 kilómetros de la capital cordobesa. 
Alfredo durmió durante casi todo el viaje. El sol asomando por la ventanilla del automóvil lo sorprendió. Apenas llegaron al camping, el lugar destinado para el reencuentro, Alfredo descendió del automóvil y se detuvo. El corazón le latía a mil. Nervios, ansiedad y emoción. Todo junto en un solo cuerpo. Divisó primero a los ex compañeros que reconocía, porque a pesar del paso de los años estaban iguales que cuando cursaban la carrera militar. Sin embargo, el chueco se fundió en un abrazo eterno con cada uno de los camadas. El fin de semana fue inolvidable. Pasó volando. Pero no para Alfredo. El llenó su bolso con alegrías, recuerdos, abrazos, lágrimas, muchas emociones y sentimientos encontrados. Se despidió de sus ex compañeros, con el deseo de volver a reencontrarse y poner en lo más alto sus ideales heredados de la Escuela de Mecánica de la Armada. Esos ideales patrióticos de respetar a los símbolos patrios y defender los colores argentinos hasta la muerte  y los valores que aprendió en la ESMA, ser buena persona, respetar a la familia y valorar cada cosa que hacían los seres queridos por él.

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En aquel imponente establecimiento eran muchos. Sin embargo, todos se conocían. Para los camadas, Alfredo era alegre, un buen amigo, atorrante y pícaro. Pero, a la hora de ponerse serio era responsable. La sonrisa se le desdibujaba del rostro y fruncía el ceño. En tercer año del curso de maquinista, llegó a tener gente a su cargo. Esto no fue gracias a su actitud militar, ya que su comportamiento rebelde no lo ayudaba. Las notas destacadas que sobresalían en la libreta de calificaciones de Fredy, lo beneficiaba y es por eso que le otorgaban tal responsabilidad.
La hermandad y la unión era algo que se notaba mucho entre los compañeros. Se dejaba entrever en el apoyo psicológico y físico. Se sufría mucho. A tal punto que el equilibrio emocional se veía desbordado. Más de uno de esos pibes, dejaba salir esas lágrimas que bañaban las mejillas y enrojecían los ojos. Por la cabeza pasaban muchas imágenes. La familia era la foto principal que aparecía en la mente de casi todos los aspirantes navales.
Alfredo no tenía tiempo para mariconeadas como decía él. Dividía su tiempo en cumplir con sus obligaciones e integrar la selección de fútbol de la Escuela de Mecánica de la Armada. Un momento que mezclaba recreación y requería una cuota de seriedad. Por su buen desempeño y porque “zafaba” de los bailes, Alfredo se ganó un par de enemigos allí adentro. Muchos no lo querían. Él se daba cuenta de eso, pero hacía la vista gorda a estas cuestiones. Estaba concentrado en otra cosa. En no fallarle a su familia.
Pero algo falló. Con 23 años Alfredo no era tan feliz como se creía. Era capaz de dar su vida por su Patria y por  la insignia militar. Sin embargo, fueron muchos los factores que llevaron a "Fredy" a tomar una decisión trascendental en su vida. Decidió darle fin a su carrera como militar. Influyó mucho el hecho de estar lejos de su familia y de sus seres queridos. De extrañar su provincia natal.  Alfredo sabía que no había marcha atrás. Si pedía la baja, su carrera militar se acababa. Sin embargo, él en su interior sabía que había dejado todo en esos 7 años que le dedicó a la marina. Entonces un día se animó. Enfrentó a las autoridades y pidió su baja. Armó su bolso con lágrimas en los ojos. Era una determinación difícil en su vida. Dejaba muchos amigos y buenos compañeros allí. Sabía que difícilmente iba a poder volver a verlos. Alfredo se subió al tren que lo trajo de regreso a Tucumán. En la estación ferroviaria de nuestra provincia, lo esperaba su madre Carmen. Se fundieron en un abrazo y volvieron a casa. Al llegar a su hogar, él sabía que iba a tardar en caerle la ficha. Que ya no iba a sentir nunca más el silbato a las 6 de la mañana. Que no iba a jugar nunca más al fútbol en el seleccionado de la ESMA. La vida de Alfredo cambiaba rotundamente a partir de ese momento. Pero él sabía que en su corazón iba a llevar por siempre la Escuela de Mecánica de la Armada. Sus ideales patrióticos, de defender la Patria hasta morir y sus valores como persona de aprender a respetar a la familia, valorar lo poco que uno tiene, cada abrazo, cada cariño por parte de sus seres queridos, esos valores sabía que iba a llevarlos para siempre. Cada una de las cosas que le habían enseñado en la Armada, iba a llevarlas siempre en su memoria.
   
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La Escuela de Mecánica de la Armada sigue en el mismo lugar. Pero ya no es el mismo. El monstruoso edificio, ahora se divide en dos. Una parte es un museo de la memoria. La otra parte sigue igual. Está abandonada. Alfredo observa las fotos en silencio, a través de un monitor de computadora. Contempla lo que quedó de aquella vieja y añorada ESMA. Le causa tristeza ver que por una decisión política, hoy por hoy aquel establecimiento que le dejó un legado importante en su vida, sea un museo. Reniega por ver esas imágenes tan dolorosas como una puñalada al corazón. En su interior, el quisiera que ese lugar que lo formó como militar y como persona, ese espacio que le dejó grandes valores para su vida; sea escuela de nuevo. Que siga formando chicos, como lo formaron a él. "Fredy" nunca regresó al lugar que lo formó como persona. Después de 35 años, él sabe que volverá. Va a regresar y atravesará esos gigantescos pilares de cemento pintados de blanco, que resguardan una pequeña puerta de madera. Pero ya no como un marinero. Ya no con aquel uniforme azul, bordado con letras doradas que significaba la insignia de la marina. Volverá. Como una persona común y corriente que visita un museo. Pero en su corazón Alfredo será el mismo que hace 35 años. Aquel pibe que juró morir por la patria. Sabe que sus ideales no morirán. Él se los llevará a ese lugar en donde una persona descansa eternamente. En donde el cuerpo descansa, pero el alma vive. El espíritu patriótico no morirá nunca en Alfredo Reynaga. Sus descendientes seguirán ese legado y él desde donde quiera que este cuando le toque partir, se sentirá orgulloso. 




Palabras de Salvador "Lolo" Bessero, compañero de Alfredo Reynaga en la ESMA.



Vídeo con imágenes de Alfredo Reynaga y su pasión por la marina.

domingo, 27 de noviembre de 2016

El fútbol y estos muchachos me volvieron a la vida

Fue futbolista, técnico y el corazón le jugó una mala pasada, el amor al deporte lo hizo volver al rectángulo verde.
ÁNGEL GUERRERO UN TÉCNICO GANADOR DEL FÚTBOL TUCUMANO

sábado, 26 de noviembre de 2016

Lo peor que le puede pasar a un ser humano

Julio Cesar Arroyo es uno de los ex combatientes de Malvinas que se anima a contar su historia en la guerra de 1982 contra las fuerzas británicas, lo tiene bien guardado en un rincón de su memoria y trata de no tocarlo.



Patriota, amante del asado y las empanadas "Pili" se envuelve en una bandera argentina


"Si quieren venir que vengan les presentaremos batalla", vociferó un 10 de abril el General Leopoldo Fortunato Galtieri en Plaza de Mayo frente a miles de personas. La convocatoria se dio por Radio Rivadavia, una de las principales emisoras de aquel entonces, esto terminó con más de 650 fallecidos en lo que fue la guerra por la recuperación de las Islas Malvinas. "Si había ejército, fuerza armada, ¿Dónde estaban que no fueron ellos y nos mandaron a nosotros”? Se pregunta hoy desde su casa Julio Cesar Arroyo, "Pili" como le dicen sus amigos, su familia y todos los que lo conocen. 

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Saber que un tipo que estuvo expuesto a todas las calamidades que engloban estar en un guerra (ver morir gente, tener que matar gente) me movilizó a la casa de él, vive en un barrio de La Florida, pueblo que la mayor fuente de trabajo es el Ingenio, tiene tres hijos Henrique, Lourdes y Gastón, actualmente tiene una ferretería a la vuelta de su casa a la que le dedica sus 8 horas diarias. Caminé por una de las calles del barrio, mientras pateaba una piedra mi mente solo pensaba en cómo es la vida o como fueron esos días que pasó "Pili" Arroyo en Malvinas. La mayoría recuerda cada 2 de abril a los caídos en Malvinas y a los que todavía están de pie, ellos viven con esa angustia atravesada en su corazón desde el día que terminó la batalla hasta que tengan que dar el último suspiro; por eso  no hace falta que sea una de esas fechas para charlar con alguien que defendió, protegió y luchó con todo o con lo poco que tenía "el suelo de aquellas islas que según dicen es nuestro", como dice la canción de Juanón Lucero.

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La noche como muchas noches de agosto está muy ventosa y fría, el viento levanta el olor a caña de azúcar que penetra en todas las calles, con mis manos en los bolsillos camino y miro hacia abajo hasta llegar a una casa linda, limpia y que contagia tranquilidad. Cuando golpeo las manos me atiende uno de sus 3 hijos, Gastón, y él sale por detrás invitándome a pasar, impone temor, por su tono fuerte de voz, alto, "lunfardo", de ojos claros y pelo claro con compartido al medio. A diferencia de ese galpón donde vivió durante mucho tiempo, su living es un lugar amplio y muy cómodo, el escenario ideal para charlar; El tema es casi inevitable. “Decime que es la guerra para vos", Yo tartamudeo y desde mi humilde lugar le contesto: La guerra es un enfrentamiento entre dos partes. Levantó la mirada y con esos ojos grandes bien abiertos y rojos se levantó de su silla y se fue. Cuando vuelve trae una felpa y una hoja, pensé que se había enojado, escribe con mayúsculas  y me muestra la hoja, al mismo tiempo levanta la voz: -LA GUERRA ES HAMBRE, FRÍO, SUCIEDAD. LO PEOR QUE LE PUEDE PASAR AL SER HUMANO-.

Pili” estaba en Córdoba preparándose para partir hacia Comodoro Rivadavia a la novena Brigada Aérea, que nada tenía que ver con enfrentarse cuerpo a cuerpo contra las fuerzas británicas, ya que es un lugar de transporte y se brindaba todo tipo de información a los soldados que estaban en el archipiélago.
El 12 de abril partieron desde el aeropuerto de Paja Blanca a Chubut casi 100 soldados, llegaron a la madrugada entre las 3 y 4. Allí en el aeropuerto los esperaba un avión Hércules listo para trasladarlos hacia la isla, si, los llevaron a la guerra sin siquiera avisarles. Arroyo tenía un vago, vaguísimo entrenamiento con armas, al igual que la mayoría, que tenían entre 18 y 20 años  y muchos sin secundario completo. “Antes de ir a Malvinas yo era un boludo de 18 y años y hacia lo que hacen la mayoría de los chicos de esa edad, pesaba 90 kg, y fumaba 4 paquetes o 5 por día”, grita enojado y con los ojos cada vez más rojos que hablan casi por si solos como esos recuerdos carcomen su cabeza . Stanley, que para ese entonces ya tenía el nombre de Puerto Argentino los recibió el martes 13 de Abril a las 9 de la mañana, amaneciendo, con mucha neblina y muchísimo frío, esos ojos rojos hacían que ese verde de sus pupilas resalten y me trasladen directamente a esos campos, aunque el 
asegura que es imposible.

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Los soldados argentinos pensaban que ya habían recuperado Malvinas, por eso Stanley ya tenía nombre argentino pero no sabían lo que les esperaba, lo peor todavía los esperaba . Vivió toda su vida en La Florida en casa de sus padres sin que nunca les faltara la comida, y en Malvinas le tocó Hasta el 27 de Abril vivir en un galpón sucio, parados y amontonados peor que animales y estaban separados los que tenían secundario y los que no. Mientras su hijo jugaba a la Play su esposa cocinaba, lo supuse por el rico olor a salsa que salía de la cocina, miro a mi derecha y entre los cuadros hay diplomas y menciones que tiene colgado en las paredes de su casa. Entre ellos uno de la Cruz Roja que le reconoce haber luchado con su vida por las islas.

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Ganzo Verde es un pueblito que él lo describe y compara con Florida, en tamaño y paisaje, no había mucha población, alrededor de 30 casas pero si ovejas y ligustrinas, este pueblo ellos tenían la orden de “tomarlo” casi ni sabían en que consistía tomar el lugar. “Pili” y los demás soldados subieron al avión y llegaron al pueblo surcándolo, solo en bajar del avión Arroyo cuenta que casi se mata, “Nos bajaron de 4 metros metros de altura”. Una vez que se instalan en el lugar ya pasaba a llamarse Base Militar Cóndor, hasta aquí los soldados de mínima preparación se sentían “ganadores”, faltaba mucho y lo peor.
Ya instalados en la base militar Cóndor izan la bandera celeste y blanca el día 1° de Mayo, mientras lo hacían, desde atrás se siente un grito desesperado de: - ¡Cubierta completa! - él como muchos de los otros soldado no sabían que significaba cubierta completa, ese grado de desconocimiento tenían los soldados que lucharon, ya venían por aire los ingleses bombardeando.


Base Aérea Militar Cóndor, Este nombre tenía ya la capital de la Isla Malvina

Desde ese día para los argentinos que estaban allí comenzó el infierno, corridas de horas, saltar cercados, caídas, y de todo para poder salvar sus vidas, lo que no pudieron hacer otros soldados amigos de él, oficiales y sub oficiales sólo en eso que había sido solo el primer día de ataque de las fuerzas británicas. Esa primera noche el custodió los aviones que quedaron sanos, luego se pasó a la punta de un cerro a custodiar los puntos, ahí vivía (si se le puede llamar vida) en una carpa, su oficial superior tenía 19 años, solo uno más que él.

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Custodiando esos puntos logran ver una de las fragatas inglesas, dan aviso a los demás y en un momento ven un avión al que desesperadamente les hacían señas, pero el avión era de los británicos y otra vez las corridas de horas, esta vez fue toda la noche corriendo escapando de la muerte, por alambrados zanjas y lomos; hasta llegar otra vez a la Base Militar Cóndor o “Ganzo Verde”, llegó el desembarco primero por Darwin ubicado a unos 4 kilómetros de la base, él lo dice una y otra vez: “Era el infierno, arrazaban con todo ”, cuando llegaron a donde estaban ya era 25 de Mayo, mientras hacían el intento de jurar a la bandera otra vez bombardeos, que duraron hasta el 27. Nosotros no sabíamos a qué le disparábamos porque tiraban cortinas de humo y no veíamos nada.

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Mientras ese centenar de soldados luchaban contra las fuerzas británicas en el archipiélago, en La Florida todos los domingos el cura Carrizo daba misas multitudinarias en la capilla de esta localidad. También recibían mercaderías, colchas y demás cosas que le podían ser útiles para aquellos que estaban allá. La gente por un lado sentía mucha tristeza, más su hermano José que quedó en su casa, por el otro algo de alegría porque la gente creía que se había recuperado Malvinas, o que las tropas argentinas estaban muy cerca de hacerlo.


La bandera argentina en el cementerio de Darwin, lugar al que Arroyo nunca quiso volver


"Pili" ya estaba en su casa, ya había regresado de la guerra y su madre Mirta, la cual estaba muy enferma seguía por los medios de comunicación lo que estaba pasando allá, pero lo que nunca supo es que su hijo era uno de esos soldados que estaba combatiendo en ese infierno, un infierno raro, porque tenían temperaturas que no alcanzaban los 0 grados. Junto a su hermano decidieron no contarle por su delicado estado de salud y al tiempo su madre pasó a formar parte de sus recuerdos

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La madrugada del 27 de mayo por el alto parlante del aeropuerto de Malvinas se escucha: "Tregua", lo ordenaba el oficial Comodoro Pedroza

Cuando miro a mi alrededor la casa estaba tan sola y callada como un desierto, Gastón ya no jugaba a la play y a Ángela, su esposa, no la sentía en la cocina, ellos saben lo delicado que es el tema. A veces “Pili” sueña con la guerra, por eso no le gusta hablar demasiado del tema, en los asados prefiere tocar la guitarra, contar chistes o simplemente cargar a su sobrino José casi hermano de "Henry" criados juntos y a la par.
Cuando se pide la tregua implica una rendición de honores, aceptar que el enemigo ganó esas tierras y que seguirán ocupándolas para sus ganados y sus actividades. Justamente para él esta fue la peor parte de estar en Malvinas. Después de luchar desde el 25 de Mayo, otros desde mucho antes, como podían y con lo que tenían había que rendirse y tirar las armas y municiones al mar. La rendición fue en el aeropuerto y cuando llegaron ahí los soldados argentinos ya tenían que estar desarmados completamente, después de

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Una vez llegados a Buenos Aires otra vez a Córdoba, Paja Blanca, la idea era que pasen la noche y al otro día mandarlos en un vuelo a Salta, pero él y otros dos compañeros salteños no aguantaban un segundo más y piden permiso para volverse esa misma noche, y desde ahí sin conocer Córdoba - A la deriva llegamos a la terminal, compramos los pasajes y volvimos a casa en colectivo de línea - "Pili" uno de esos casi doce mil soldados que fueron a luchar, más de 600 quedaron allá y en el corazón de sus familiares que los recuerdan cada 2 de Abril, y Arroyo que fue uno de los que puedo volver lo hizo en colectivo de línea, fue con 90 kilos volvió con 30 menos.

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Todos esos soldados que se rindieron frente a los ingleses pasaron a ser prisioneros de guerra, y otra vez el calvario de estar parados, sin comer y amontonados. Esto fue por 3 días más hasta que los llevaron a Uruguay para liberarlos. - Aroyo Julio Cesar usted figura muerto- , con esas palabras lo recibió un miembro de la Cruz Roja, aunque no estuvo lejos de estarlo “Pili” había perdido su "patente “y tenía que demostrar que todavía estaba en sus cabales, brindó sus datos completos y así después de casi 50 días de haber vivido lo peor que puede vivir un ser humano pudo regresar a su Florida natal, para que la gente lo recuerde y salude cada 2 de abril.







viernes, 25 de noviembre de 2016

Es torazo en rodeo ajeno

 José Fernando Reinoso, masajista de oficio, pide que le den el espacio y tiempo para poder trabajar con los jugadores profesionales de San Martín. Asegura que es el único capaz de curar la mayoría de las lesiones que actualmente azotan al futbolista profesional. 



 Tiene 83 años, es jubilado del Casino de Tucumán hace ya más de 20 años, goza de buena salud por ser un deportista de toda la vida, masajista de oficio, radical y ateo por decisión y pensamientos propios. Mantiene una lucha de años para poder llevar a cabo su actividad con jugadores de fútbol u otros deportistas de alto rendimiento. En el plantel profesional de San Martín, el lugar donde más desea trabajar, se siente rechazado, sólo se conforma con algún que otro rebelde que se anima a pasar por alto algunas restricciones del cuerpo médico y tiene que conformarse con atender a los chicos de las divisiones inferiores o las del fútbol femenino que tanto lo solicitan; del otro lado, en Atlético, hasta los referentes lo valoran y precisan constantemente. Se juró no insistir más por colaborar en el “Santo” en reiteradas ocasiones, pero semana tras semanas, se entera a través del diario o su radio, sobre algún lesionado en el plantel, se traiciona a sí mismo e intenta comunicarse con ellos para darles una mano. Es toro en su rodeo y torazo en rodeo ajeno.



 El sonido del inodoro del baño me despierta como lo hacía todos los domingos por la mañana. Son casi las 8, eso puedo asegurarlo sin abrir los ojos, hasta puedo saber quién es el autor de dicho ruido y que estuvo leyendo el diario desde hace ya más de una hora. Fernando, religiosamente se levanta los domingo –como casi todos los días- muy temprano y realiza casi la misma rutina. Lee el diario a primera hora en la soledad y simpleza del baño, es su lugar, su santuario como diría ‘Pepe’ en Los Argentos, desayuna junto a su mujer y juntos planifican las actividades que él va a realizar, ella es quien le recuerda si tiene algo pendiente o tienen que asistir a algún otro lado. Pasa un rato y me levanto, lo saludo y fácilmente puedo notar, como extraña esos domingos donde jugábamos al fútbol junto a sus amigos veteranos en el complejo Natalio Mirkin, esa actividad que todavía no puede reemplazar o que tampoco la hubiese reemplazado por nada en el mundo, sin embargo, no me reclama mi ausencia en la casa o en la cancha durante este último  año por miedo a que no quiera volver a visitarlo y quedarme a dormir en su casa, o al menos, esa es mi primera impresión.

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    -“¿Sabes por qué el Bebé hizo el gol? ¿Por qué? ¡Lo que toca el mago se hace oro!”, Me pregunta y se responde con un enorme orgullo sacando el pecho. Martes 30 de agosto de 2016, mientras ve el programa de Marcelo Tinelli por obligación, ya que su mujer, Josefa, se hizo dueña del control remoto de la habitación, durante el día es de él, de noche de ella, excepto que haya algún partido, ahí ambos coinciden en el canal para ver. Lo noto pensando, y me hace recordar en que días atrás, en la previa del partido debut de Atlético ante Rafaela en el Monumental, le hizo masajes a Guillermo Acosta, autor del gol con el que el Decano ganó sus primeros tres puntos en su nueva temporada en Primera División, esperaba mi llamada o verme para contarme eso. No fue ni una, ni dos, ni tres, fueron muchas veces más, que deportistas que pasaron por sus manos antes de un partido o competencia, consiguen su objetivo, o se visten de héroes y salvan a sus equipos, casos como el de Eduardo Schwank, tenista argentino que después de su sesión de masajes ganó un torneo en Tucumán y luego una serie de Challengers; como también Juan José Morales en varias ocasiones ayudó a San Martín a conseguir una victoria con sus tantos agónicos; a casi la mitad del plantel de Cardenales previo a que se consagre campeón del Torneo del Interior; pero la que más recuerda, con un sabor casi amargo aunque lo disimula con gran oficio y lo va superando con el correr del tiempo: el gol de Gastón Stang al “Santo” aquel 8 de mayo del 2011, entre otros goles convertidos por sus pacientes en la previa de algún partido.

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  Mientras el sol se esconde entre los cerros, camino desde calle Italia hacia el Norte sobre Bulnes, y ya llegando a la esquina de Uruguay, puedo observar lo distinta que es su casa a comparación de las de sus vecinos, sus ladrillos a la vista formando una especie de muralla y el enorme portón verde, la hacen que sea una vivencia muy particular en la cuadra. Ya por dentro, el garaje está en la entrada con su auto Wolkswagen Polo gris, brillando como nuevo a pesar de tenerlo hace 16 años, más adelante, en la cocina las paredes con retazos de pintura fresca y a lo lejos puedo ver sus herramientas de trabajo sobre la mesa del patio, me dejan en claro que dejó de hacer algún trabajo para atenderme. Lo acompaño y charlo un poco en el patio mientras arregla un viejo alargador que ya ni siquiera se lo utiliza.

  -“Deberían ver todos cómo se arreglan las cosas para cuando no esté”, me advierte mientras repite una vez más que todo lo que hay en la casa va a quedar para los hijos y nietos.

Arreglar o hacer cosas, es algo de todos los días. Él es un doctor y la casa su paciente más fiel, de la que se enamoró: la cuida, la aprecia, la decora y arregla constantemente, siempre hay algo para hacer, hasta una vez aprovechó el soporte de un ventilador viejo para hacer un árbol de navidad, lo que él llama su gran ‘obra maestra’.


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 La cocina de su casa, amplia con ladrillos barnizados desde el piso hasta un metro de altura, las paredes blancas, el techo alto de color azul como un inmenso cielo despejado en un día de verano, le dan un clima fresco muy particular. Llegó el momento en que se transforma en Rey: está en la mesa hace un largo rato, su silla es la única que se respeta en su casa, una especie de altar ubicado exactamente frente al televisor, puso el noticiero local con un volumen que me ensordece y espera la comida del día con calma. Luego, el olorcito inconfundible a ajo invade la casa y parece ser el llamado a la mesa, ya que automáticamente Pikito, su único nieto a cargo en la casa, llegó para almorzar sin ser llamado.


Si ustedes encuentran una mujer como la mía, han sacado la Lotería”, nos dice.

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TRIIIINNNN TRIIIINNNN TRIIIIINNNNNN 

 Mira el teléfono y observa que la llamada es de María José, su segunda hija.

  - “¿Hooolaaaa?”

 Responde generando un tono parecido a una persona que se encuentra muy enferma, simplemente para hacerle una broma, y vuelve a su voz típica cuando está en una llamada, hablando muy fuerte como para asegurarse que la otra persona lo está escuchando claramente. Le pasa el teléfono a su mujer y continúa completando el crucigrama de una revista viejísima, de hojas amarillas que delatan su antigüedad, que encontró en la biblioteca de su compañera de habitación, jubilada y ex docente del nivel primario. Leer, pensar y resolver este tipo de juegos, problemas, retos, desafíos o conflictos,  lo hace desenfocarse y desconectarse de la realidad y estar inmerso en otro mundo.

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  San Martín y el fútbol es una constante en su vida, es una especie de articulador y quien toma protagonismo central en todas las conversaciones con la familia. No suele saludarme con un ‘hola’, me ve llegar, me da un beso y automáticamente me pregunta algo sobre el “Santo” o me reclama por qué no invité a su casa a algún jugador lesionado aprovechando mi cercanía con ellos por mi función de periodista del club, asegurando que él, es el único capaz de sacarle las molestias que sufre. Él, espera mi llegada, siempre tiene algo que decirme sobre San Martín. Sus reproches ante mi falta de compromiso con llevar el mensaje a los jugadores sobre cuál es su trabajo y que aporte puede hacerles, es una pequeña pizca de impotencia disimulada hasta cierto punto.
Todavía no son las 22.00 y el “Tata”, como lo llamamos sus nietos, ya está en la puerta de mi casa esperándome, Ramón Lentini, el goleador del “Santo” nos está esperando. La cita –la pactó él, sólo le facilité su número de celular- es a las 22.30, pero él quiere estar antes. El número 9 sufre un esguince en una de sus rodillas, una lesión casi insignificante según el manual –que lleva en su cabeza- propio del masajista que confía solucionarle el problema y que el jugador vuelva a las canchas lo antes posible.

  -“Manejá vos, yo ya no confío tanto en manejar de noche

  Me llamó tanto la atención su confesión, ya que para él es tan complicado aceptar esa condición de incapacidad visual, a pesar que de día ve mejor que la gran mayoría de la gente de su edad. Siento que lo dice por decir, dudo que sea tan así, ya que tiene recetados unos anteojos para poder manejar, de los cuales sospecho que es el problema: no los quiere usar.

 Llegamos al country donde vive el goleador, nos recibe junto a su hijo Ian, su mujer y Facundo Yabes, su compañero e íntimo amigo. Pasamos a la habitación de su nene y el empieza con su trabajo. El “Tata” está feliz, siente que está haciendo lo que tanto buscó y por lo tanto no quiere fallar. Yo rompo el hielo hablando con Lentini mientras se retuerce del dolor, a José le cuesta conversar mucho con otras personas, sin embargo, a pesar que su rostro no lo demuestre, él está feliz. Terminó la sesión de Ramón y de Yabes que también quiso pasar por sus manos, Lentini saca su billetera, pero él se niega a recibirle plata.

  Pasaron casi dos semanas, Lentini volvió a la titularidad y hasta convirtió un gol este último fin de semana ante Boca Unidos, pero todavía me consulta por el estado de su rodilla. Siente que es su jugador, y por lo tanto le sigue haciendo el seguimiento. Siente que algo de ese gol es parte suyo, ya que colaboró con su recuperación. Otro truco de magia del “Mago”, teniendo en cuenta que es su primer gol en el torneo.



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  Reinoso masajeó a Julio Buffarni cuando jugaba en Atlético y también en San Lorenzo, recientemente fue convocado a la selección para una serie de duelos de Eliminatorias para el Mundial de Rusia lo llamo por teléfono para contarle y aproveché para preguntarle cómo fue el momento en que el jugador le regaló su camiseta.

 “¡Eeeehh!”, exclamó con un tono de alegría muy particular, como recordando con exactitud el momento, pero recordó algo previo. “La primera emoción me la dio Pascual Rambert, regalándome ¡la mia!, la de River, con los colores míos, y cuando me la dio Buffarini imaginate, camiseta y pantalón con los que jugó ante River. - "¿Sabes lo que cuesta?” Me pregunta como suponiendo que no tengo dimensión de lo que significa para él, luego le cuento que Messi contó públicamente que tiene dolores en el pubis me y pidió que gracias a mi rol de periodista trate de comunicarme con él a través de mi celular o computadora, con el mejor jugador del mundo y también con Di Maria.


Cree que uno a través de internet puede conseguir tener contacto con quien uno desee, dejando en clara evidencia su alejamiento y poco contacto con la tecnología, y la ve como lo que más aportó fue en el ámbito de la comunicación personas que están lejos. Critica absolutamente el resto de los usos y en cómo distrae a la gente el excesivo uso del celular o computadora. Sugiere a todos sus nietos, siempre que se presenta la oportunidad, tomar un diccionario y ‘enriquecerse’ al leerlo.

                                           

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Ya casi finaliza la reunión del día de la madre, sólo queda una mesa chica en el garaje de la casa y José Fernando está mirando el suelo, las huellas de los patines están claramente marcadas en las baldosas verdes con puntos negros, que hasta hace un rato atrás parecían brillar. Las rayas blancas, son pruebas fieles que sus bisnietas trazaron su recorrido por el lugar, pasan unos minutos y las niñas vuelven a la pista ante su atenta mirada, su rostro tiene una muy pequeña y rara sonrisa, que da muestras de resignación y termina aceptando el juego pese a eso. Se sienta y lidera nuevamente la Tafí Viejo. Cuenta que usaba las camisetas 7 y 11, delantero por derecha y el que usaba la once iba bien pegado por la raya, aclara por si alguno no tenía en claro las posiciones en esa época. Después de la clase de fútbol, insiste que cualquiera que esté en edad, puede jugar al fútbol de hoy. El fútbol ha cambiado con el tiempo y también sus maneras de verlo y jugarlo. José, tiene su postura firme en que los jugadores de antes eran mucho mejores, aclarando que hace mención desde su nacimiento en 1933 hasta la década del 70 u 80, cuando apareció Diego Armando Maradona, aunque confesó no ser afín a su manera de ser.
mesa, hace un silencio y aprovecha que la conversación es de fútbol para recordar su etapa de futbolista en

Como Pelé y Maradona, en mi época había cientos”.

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Mientras completa un crucigrama que compró, le preparo el café con leche con galletitas y charlamos, la política se hizo presente. Tocamos el tema Perón y su cara lo dice todo. Confesó hasta ser en un momento seguidor y amante del ex Presidente, pero pensando en frío y analizando todo, asegura que su actual rechazo viene desde lo discursivo y su accionar cuando compró los ferrocarriles a Inglaterra, que en el período de dos años pasarían a ser argentinos, considera que Juan Domingo Perón inducía a amarlo, el que no era peronista era casi ‘perseguido’ en la estación de ferrocarriles de Tafí Viejo donde trabajó durante esa época, eso lo terminó convenciendo de dejar de formar parte de ese grupo. No tiene problemas en blanquear y contar que sus votos siempre están dirigidos a representantes de la Unión Cívica Radical.




 En cuanto a la religión también demostró ser cerrado y con una postura firme: Dios no existe, es pura mentira.

El hombre creó a Dios, no Dios al hombre, es exactamente al revés”, lo afirma con una risa irónica.


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  Pascual Rambert, Cavenaghi, Martín Demichelis, Facundo Pérez Castro, el "Anguila" Gutierrez,  el Turko Hanuch (ex Independiente, Olimpo, Estudiantes, Chicago), Satanás Páez, Gastón Stang, Píriz AlvezDiego Barrado, Bruno Bianchi, Julio Buffarini, Carlos Valdéz (San Lorenzo), Araujo (Lanus), Eduardo Scwank (tenista), Juan José Morales, Bruno Bianchi, Gustavo Ibañez, Jorge Serrano, Miguel Nievas Escobar, Fernando Fligman, Juan Monge, Leandro Ávila, Ramón Lentini, el “Tigre” Amaya, Carlos Chacana, Lucas Chacana, Walter López (uruguayo que jugó en 2004 en San Martín y luego se consagró campeón con Cerro Porteño en Paraguay, Peñarol en Uruguay, jugó en West Ham, entre otros clubes importantes a nivel mundial).



Son algunos de los deportistas que recibieron su atención, como así también muchos otros que hasta les cuesta hacer memoria y prefiere parar de contar, antes de olvidarse puntualmente de alguno.

  Hoy, continúa trabajando sus clientes ajenos al deporte y con algunos referentes del plantel de Atlético, mientras asiste  a las prácticas del “Santo” y espera la llamada o el contacto mío con Mauro Quiroga y César Abregú, lesionados del plantel de San Martín, como así también al resto de los jugadores. En 2008, Carlos Roldán le pidió que no se acerque a los jugadores por respeto al cuerpo médico, hoy no son los mismos, pero considera que todavía lo quieren algo distante.

  A su lucha, en su momento le dijo basta, hasta por pedido de su mujer; sin embargo, ya parece incansable, y continúa tras ella con el único fin de lograr lo que desea: curar el dolor y sanar las lesiones de los futbolistas de San Martín, ya cansado de ver por televisión o escuchar el diario o leer el diario que por una ‘simple contractura’, se pierdan el siguiente partido. La lucha, como todas es larga y difícil, pero él insiste y nunca se rinde, continúa luchando por concientizar el mal que acecha al fútbol: las lesiones.

La noche que marzo llegó

José estaba delante mío, pero su mirada no...



Mirada nostálgica. La información es la clave

Mira hacia arriba, intenta ponerse cómodo y desde el primer cruce de palabras, su voz se hace vulnerable. Deja por minutos de ser un adolescente rebelde como cualquiera y se convierte nuevamente en niño, pero no cualquier niño, en uno que no tuvo a su mamá lo suficiente.


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Bajaba corriendo las escaleras de madera de la que fue su casa en Adolfo de la Vega, salía al patio de enormes paredes blancas a toda velocidad donde jugaba a la pelota; con cinco años pateaba como goleador, el arco imaginario era un poco más grande del convencional, y siempre convertía. Era su felicidad. Al hacerse las nueve de la noche, Miriam, su mamá, cerraba el consultorio odontológico ubicado en la misma casa donde residían y lo llamaba. José entraba corriendo, ritmo en que hacía todo, y se acostaba en el sillón para que “lo revisen”. Siempre era el último paciente.
  
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Ceba un mate, costumbre que heredó de su madre, se entienden, es el intermediario entre el y ella, pero primero controla su nivel de azúcar en sangre. No me explica nada, lo hace de memoria. Pincha su dedo índice y completa el procedimiento. Solo observo.

Meses antes, sentía mucha fatiga, tenía sed, por momentos falta de apetito pero luego de eso, atracones. Veía borroso en el colegio, orinaba mucho y llegó a bajar mucho de peso; prefería quedarse acostado antes de ir a jugar al fútbol. Todo estaba perdiendo sentido y lo único que quedaba era incertidumbre.

Su papá, José Antonio, por ingenuidad, pero sobre todo  por terror a pensar que algo malo podría estarle sucediendo a su hijo, solo se aseguraba que descanse un poco más y se quede en  casa; inclusive lo alimentaba mejor para tratar que recuperara unos kilos. Ya no solo le quedaba grande la ropa, en su rostro pálido podían observarse huesos que nunca antes habían visto, las ojeras eran oscuras y profundas. La angustia empezaba a apoderarse de cada corazón de los que rodeaban a José en su hogar: su papá y sus tres hermanas. La casa no era la misma. El silencio se adueñó de cada rincón.

Esa temible noche de marzo llegó. Se lo escuchó a José jadear fuerte desde la habitación con grandes dificultades para respirar y fue hora de tomar una drástica decisión. Su padre desesperado lo alzó, lo subió al auto y manejó a toda velocidad hacia el Hospital de Niños, donde tuvo que ser internado de urgencia.

 José llegó en ese momento exacto en que Dios le daba la posibilidad de seguir junto a los suyos. 

-          Sólo recuerdo de esa noche que vi a mi papá llorar y de repente, esa fue mi única preocupación”.



La Federación Internacional de la Diabetes calcula una cifra actual de ciento noventa millones de personas con diabetes en el mundo, estimando que en el 2025 la ecuación podría elevarse a trescientos treinta millones, teniendo en cuenta el crecimiento de la población y la vida sedentaria que cada vez es mayor.

En Tucumán la población afectada con esta enfermedad no curable, pero si controlable alcanza el 12% del total mientras que a nivel país las cifras suman más de tres millones, es decir, un habitante de cada diez.
El estado, en Tucumán tiene la política de asistir a todos los pacientes sin obra social que presenten Diabetes, se les entrega la insulina necesaria, tirillas reactivas y asistencia médica. Del mismo modo también trabaja en campañas de concientización y prevención.


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Una mañana fría de julio, trece años atrás, amanecieron todos más temprano que de costumbre  en su hogar y no fue casual. Su papá y sus hermanas mayores partieron a un destino distinto al de José y Solana (su hermana más cercana en edad) ya que su tía Susana los buscó, y  los llevó a su casa. Los dejó jugando junto a sus primos, asegurándose que estuvieran bien, y partió hacia un velorio. 

-“Yo escuché algo de un velorio, pero no entendía que era el de mi mamá”, intenta explicar José, con pocas palabras haciendo por primera vez contacto visual, buscando en mi mirada empatía o consuelo tal vez.
 - “ Mi papá nos explicó con palabras muy cuidadas lo que sucedió y consideró que lo mejor sería que evitemos ese clima, yo tenía seis años, entendí su postura, pero hoy me doy cuenta que fue necesario quedarme un poco más al lado de mi mamá y terminar de despedirla”. Ese día comenzó el duelo que José nunca hizo.


Momentos. José guardaba los primeros recuerdos de su mamá

El adolescente de dieciocho años, comenzó una nueva generación de diabetes en su familia. No la heredó de nadie. Fue niño y disfrutó como todos una hermosa infancia, aunque también tuvo que afrontar a temprana edad problemas de grandes,  y tratar de sobrellevarlos con la contención de su familia; pero de algún modo su cuerpo necesitó expresar el dolor de la ausencia más grande de su vida. Al pensarlo suspiró, inhaló, exhaló y continuó.


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La cocina de la casa era cálida, mesadas amplias cubiertas de brillantes azulejos blancos, adornos apoyados en individuales tejidos a croché, sillas y mesa de roble con un gran vidrio que la cubría, (vidrio que cada día que sobrevivía a los juguetes de José era una fiesta). Del horno salían ruidos como de chispas, era un cayote que su mamá preparaba para hacer dulce durante la noche, tarde, cuando la casa lograba silenciarse luego del torbellino de seis integrantes; mientras tejía cercana a la estufa para burlar el frío y sintonizaba su música en la radio. José hacía rodar por el suelo una gran colección de autitos” Hot wheels” mientras la acompañaba. 
- “José ya son las dos de la mañana, anda juntando tus juguetes”, suplicaba Miriam, entendiendo que este iba a ser el primero de muchos pedidos.
-“Un ratito más mamá”, contestaba, concentrado en las carreras. Mientras tanto la noche forjaba esa relación mágica e irrepetible de madre e hijo, que fue corta, pero intensa.

Recordando estos momentos una sonrisa invadió su rostro, una sonrisa pura, sincera y llena de amor, sonrisa de esas que pueden salvar al mundo de todo dolor y  tristeza.



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La encandilante luz blanca inundaba toda la sala, el silencio imperativo obligaba a rezar en murmuros, mientras un rostro buscaba sosiego en el otro.
En medio de las lágrimas y el dolor de sus familiares, José se despertó del coma diabético con el que había ingresado. El primer rostro que vio fue el de su papá e inmediatamente el de sus hermanas. Lograron estabilizarlo, fueron siete los días en terapia intensiva antes que los médicos decidieran  devolverlo a su hogar.

Durante esa semana fue interminable la lista de todos los familiares y amigos que se acercaron a brindarle mucha fuerza. Pero el gesto que conmovió no solo a José, sino a todos los que estaban en el Hospital de Niños, fue el de sus compañeros y amigos del Lorenzo Massa.
Llevaron puesta una remera que decía “Fuerza José, el Massa está con vos” y le regalaron una a él. También estuvo presente el preceptor que lo acompañó durante su ingreso al colegio, llevó un pergamino y se lo obsequió, en el se leían frases de sus amigos y profesores brindándole apoyo. Recuerda con especial emoción ese momento ya que tiempo después, el preceptor falleció por problemas de salud, lo que lo vulnerabilizó en exceso al recordar aquel día en el hospital.


Luchando por el. El colegio Lorenzo Massa lo acompañó siempre
Es inquieto, observador, extremadamente prolijo en sus actos, característica que lo ayudará mucho en la carrera que seguirá el año entrante, arquitectura. 

Tiene objetivos, sueños, metas por alcanzar y por cumplir. Entiende que vivió mucho en poco tiempo y cuando reflexiona esto, su seño se frunce, la seriedad hace que tome una postura rígida, como la de un granadero obedeciendo una orden. Se siente responsable de problemas que no son suyos. 


Su padre es su mayor inspiración, casi diría su obsesión. Este amor mutuo  se fortaleció con cada segundo de adversidad y hoy es inextinguible. Aún así, “Pepe”, como lo llaman desde siempre, atraviesa un momento de cansancio, es mucho lo que cargó en sus hombros, y aunque sus cuatro hijos lo ayuden en cada paso, José quiere e intenta resolverle todos los problemas. ¿Se lo puede culpar? ¿No le salvó la vida su papá? Ahora intenta hacerlo él.


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Abre su mochila, guarda una botella de agua, auriculares, celular y sobres de azúcar para partir al gimnasio. Es consciente que la actividad física es indispensable en una persona insulinodependiente como él para mantener sus niveles regulados.

José reniega de lo que le toca, todavía trata de asimilar lo que le sucedió, desde su mamá en adelante. No siempre tiene fuerzas, a veces siente que el mundo es gris, pero su alma demuestra mucha más luz de la que él puede ver. Se entusiasma con facilidad, sonríe con la boca,  también lo hace con los ojos, ama  a su familia y cuenta con ellos. En el fondo trata de creer que lo mejor está por llegar. A veces se olvida de su teoría y necesita que se lo recuerden.

Las paredes de su habitación tienen carteles de Pink Floyd , The Beatles Oasis; falta el de Frank Sinatra, aun así canta todas sus canciones ya que le recuerdan a su papá. La música forma parte de él, escucha una melodía, cierra los ojos, y se va lejos  mientras permanece sentado en el mismo lugar; vuelve cuando el saxo deja sonar.

La diabetes llegó al cuerpo equivocado. José es fanático de lo dulce y confiesa que a veces debe sabotearse el mismo para comer una galleta a escondidas.  – “Me escondo para que mi papá no me rete, pero el único perjudicado soy yo”. Sabe bien que los los niveles irregulares de glucemia pueden tener severas consecuencias, desde la ceguera en adelante, pero en más de una oportunidad ese miedo pierde cuando algo tentador aparece.



Se puede. La diabetes permite tener una vida normal y feliz, depende de cada uno.





-“Se puede vivir bien con diabetes, es responsabilidad de cada uno, yo recomiendo que se alimenten bien, eviten el alcohol y azúcares en cualquier forma pero sobretodo que hagan actividad física”. Reflexiona José en voz alta, haciendo una especie de autocrítica frente a sus errores en el tratamiento, pero con la necesidad de que el mensaje llegue de manera positiva y optimista a sus pares.


Su sueño es construir un edificio, sin conocer personalmente, ama Nueva York, sus rascacielos ilumindados durante la noche. Siempre tiene un comentario que decir con respecto a las enormes estructuras y habla como un gran conocedor de la materia.

-  "Sería feliz construyendo un edificio en mi ciudad", sonríe. Pero su mirada brilla y todo indica que quiere ir más allá.