viernes, 25 de noviembre de 2016

La noche que marzo llegó

José estaba delante mío, pero su mirada no...



Mirada nostálgica. La información es la clave

Mira hacia arriba, intenta ponerse cómodo y desde el primer cruce de palabras, su voz se hace vulnerable. Deja por minutos de ser un adolescente rebelde como cualquiera y se convierte nuevamente en niño, pero no cualquier niño, en uno que no tuvo a su mamá lo suficiente.


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Bajaba corriendo las escaleras de madera de la que fue su casa en Adolfo de la Vega, salía al patio de enormes paredes blancas a toda velocidad donde jugaba a la pelota; con cinco años pateaba como goleador, el arco imaginario era un poco más grande del convencional, y siempre convertía. Era su felicidad. Al hacerse las nueve de la noche, Miriam, su mamá, cerraba el consultorio odontológico ubicado en la misma casa donde residían y lo llamaba. José entraba corriendo, ritmo en que hacía todo, y se acostaba en el sillón para que “lo revisen”. Siempre era el último paciente.
  
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Ceba un mate, costumbre que heredó de su madre, se entienden, es el intermediario entre el y ella, pero primero controla su nivel de azúcar en sangre. No me explica nada, lo hace de memoria. Pincha su dedo índice y completa el procedimiento. Solo observo.

Meses antes, sentía mucha fatiga, tenía sed, por momentos falta de apetito pero luego de eso, atracones. Veía borroso en el colegio, orinaba mucho y llegó a bajar mucho de peso; prefería quedarse acostado antes de ir a jugar al fútbol. Todo estaba perdiendo sentido y lo único que quedaba era incertidumbre.

Su papá, José Antonio, por ingenuidad, pero sobre todo  por terror a pensar que algo malo podría estarle sucediendo a su hijo, solo se aseguraba que descanse un poco más y se quede en  casa; inclusive lo alimentaba mejor para tratar que recuperara unos kilos. Ya no solo le quedaba grande la ropa, en su rostro pálido podían observarse huesos que nunca antes habían visto, las ojeras eran oscuras y profundas. La angustia empezaba a apoderarse de cada corazón de los que rodeaban a José en su hogar: su papá y sus tres hermanas. La casa no era la misma. El silencio se adueñó de cada rincón.

Esa temible noche de marzo llegó. Se lo escuchó a José jadear fuerte desde la habitación con grandes dificultades para respirar y fue hora de tomar una drástica decisión. Su padre desesperado lo alzó, lo subió al auto y manejó a toda velocidad hacia el Hospital de Niños, donde tuvo que ser internado de urgencia.

 José llegó en ese momento exacto en que Dios le daba la posibilidad de seguir junto a los suyos. 

-          Sólo recuerdo de esa noche que vi a mi papá llorar y de repente, esa fue mi única preocupación”.



La Federación Internacional de la Diabetes calcula una cifra actual de ciento noventa millones de personas con diabetes en el mundo, estimando que en el 2025 la ecuación podría elevarse a trescientos treinta millones, teniendo en cuenta el crecimiento de la población y la vida sedentaria que cada vez es mayor.

En Tucumán la población afectada con esta enfermedad no curable, pero si controlable alcanza el 12% del total mientras que a nivel país las cifras suman más de tres millones, es decir, un habitante de cada diez.
El estado, en Tucumán tiene la política de asistir a todos los pacientes sin obra social que presenten Diabetes, se les entrega la insulina necesaria, tirillas reactivas y asistencia médica. Del mismo modo también trabaja en campañas de concientización y prevención.


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Una mañana fría de julio, trece años atrás, amanecieron todos más temprano que de costumbre  en su hogar y no fue casual. Su papá y sus hermanas mayores partieron a un destino distinto al de José y Solana (su hermana más cercana en edad) ya que su tía Susana los buscó, y  los llevó a su casa. Los dejó jugando junto a sus primos, asegurándose que estuvieran bien, y partió hacia un velorio. 

-“Yo escuché algo de un velorio, pero no entendía que era el de mi mamá”, intenta explicar José, con pocas palabras haciendo por primera vez contacto visual, buscando en mi mirada empatía o consuelo tal vez.
 - “ Mi papá nos explicó con palabras muy cuidadas lo que sucedió y consideró que lo mejor sería que evitemos ese clima, yo tenía seis años, entendí su postura, pero hoy me doy cuenta que fue necesario quedarme un poco más al lado de mi mamá y terminar de despedirla”. Ese día comenzó el duelo que José nunca hizo.


Momentos. José guardaba los primeros recuerdos de su mamá

El adolescente de dieciocho años, comenzó una nueva generación de diabetes en su familia. No la heredó de nadie. Fue niño y disfrutó como todos una hermosa infancia, aunque también tuvo que afrontar a temprana edad problemas de grandes,  y tratar de sobrellevarlos con la contención de su familia; pero de algún modo su cuerpo necesitó expresar el dolor de la ausencia más grande de su vida. Al pensarlo suspiró, inhaló, exhaló y continuó.


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La cocina de la casa era cálida, mesadas amplias cubiertas de brillantes azulejos blancos, adornos apoyados en individuales tejidos a croché, sillas y mesa de roble con un gran vidrio que la cubría, (vidrio que cada día que sobrevivía a los juguetes de José era una fiesta). Del horno salían ruidos como de chispas, era un cayote que su mamá preparaba para hacer dulce durante la noche, tarde, cuando la casa lograba silenciarse luego del torbellino de seis integrantes; mientras tejía cercana a la estufa para burlar el frío y sintonizaba su música en la radio. José hacía rodar por el suelo una gran colección de autitos” Hot wheels” mientras la acompañaba. 
- “José ya son las dos de la mañana, anda juntando tus juguetes”, suplicaba Miriam, entendiendo que este iba a ser el primero de muchos pedidos.
-“Un ratito más mamá”, contestaba, concentrado en las carreras. Mientras tanto la noche forjaba esa relación mágica e irrepetible de madre e hijo, que fue corta, pero intensa.

Recordando estos momentos una sonrisa invadió su rostro, una sonrisa pura, sincera y llena de amor, sonrisa de esas que pueden salvar al mundo de todo dolor y  tristeza.



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La encandilante luz blanca inundaba toda la sala, el silencio imperativo obligaba a rezar en murmuros, mientras un rostro buscaba sosiego en el otro.
En medio de las lágrimas y el dolor de sus familiares, José se despertó del coma diabético con el que había ingresado. El primer rostro que vio fue el de su papá e inmediatamente el de sus hermanas. Lograron estabilizarlo, fueron siete los días en terapia intensiva antes que los médicos decidieran  devolverlo a su hogar.

Durante esa semana fue interminable la lista de todos los familiares y amigos que se acercaron a brindarle mucha fuerza. Pero el gesto que conmovió no solo a José, sino a todos los que estaban en el Hospital de Niños, fue el de sus compañeros y amigos del Lorenzo Massa.
Llevaron puesta una remera que decía “Fuerza José, el Massa está con vos” y le regalaron una a él. También estuvo presente el preceptor que lo acompañó durante su ingreso al colegio, llevó un pergamino y se lo obsequió, en el se leían frases de sus amigos y profesores brindándole apoyo. Recuerda con especial emoción ese momento ya que tiempo después, el preceptor falleció por problemas de salud, lo que lo vulnerabilizó en exceso al recordar aquel día en el hospital.


Luchando por el. El colegio Lorenzo Massa lo acompañó siempre
Es inquieto, observador, extremadamente prolijo en sus actos, característica que lo ayudará mucho en la carrera que seguirá el año entrante, arquitectura. 

Tiene objetivos, sueños, metas por alcanzar y por cumplir. Entiende que vivió mucho en poco tiempo y cuando reflexiona esto, su seño se frunce, la seriedad hace que tome una postura rígida, como la de un granadero obedeciendo una orden. Se siente responsable de problemas que no son suyos. 


Su padre es su mayor inspiración, casi diría su obsesión. Este amor mutuo  se fortaleció con cada segundo de adversidad y hoy es inextinguible. Aún así, “Pepe”, como lo llaman desde siempre, atraviesa un momento de cansancio, es mucho lo que cargó en sus hombros, y aunque sus cuatro hijos lo ayuden en cada paso, José quiere e intenta resolverle todos los problemas. ¿Se lo puede culpar? ¿No le salvó la vida su papá? Ahora intenta hacerlo él.


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Abre su mochila, guarda una botella de agua, auriculares, celular y sobres de azúcar para partir al gimnasio. Es consciente que la actividad física es indispensable en una persona insulinodependiente como él para mantener sus niveles regulados.

José reniega de lo que le toca, todavía trata de asimilar lo que le sucedió, desde su mamá en adelante. No siempre tiene fuerzas, a veces siente que el mundo es gris, pero su alma demuestra mucha más luz de la que él puede ver. Se entusiasma con facilidad, sonríe con la boca,  también lo hace con los ojos, ama  a su familia y cuenta con ellos. En el fondo trata de creer que lo mejor está por llegar. A veces se olvida de su teoría y necesita que se lo recuerden.

Las paredes de su habitación tienen carteles de Pink Floyd , The Beatles Oasis; falta el de Frank Sinatra, aun así canta todas sus canciones ya que le recuerdan a su papá. La música forma parte de él, escucha una melodía, cierra los ojos, y se va lejos  mientras permanece sentado en el mismo lugar; vuelve cuando el saxo deja sonar.

La diabetes llegó al cuerpo equivocado. José es fanático de lo dulce y confiesa que a veces debe sabotearse el mismo para comer una galleta a escondidas.  – “Me escondo para que mi papá no me rete, pero el único perjudicado soy yo”. Sabe bien que los los niveles irregulares de glucemia pueden tener severas consecuencias, desde la ceguera en adelante, pero en más de una oportunidad ese miedo pierde cuando algo tentador aparece.



Se puede. La diabetes permite tener una vida normal y feliz, depende de cada uno.





-“Se puede vivir bien con diabetes, es responsabilidad de cada uno, yo recomiendo que se alimenten bien, eviten el alcohol y azúcares en cualquier forma pero sobretodo que hagan actividad física”. Reflexiona José en voz alta, haciendo una especie de autocrítica frente a sus errores en el tratamiento, pero con la necesidad de que el mensaje llegue de manera positiva y optimista a sus pares.


Su sueño es construir un edificio, sin conocer personalmente, ama Nueva York, sus rascacielos ilumindados durante la noche. Siempre tiene un comentario que decir con respecto a las enormes estructuras y habla como un gran conocedor de la materia.

-  "Sería feliz construyendo un edificio en mi ciudad", sonríe. Pero su mirada brilla y todo indica que quiere ir más allá.



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