miércoles, 30 de noviembre de 2016

Pasión de marinero


“Aquí murió mucha gente, pero nadie puede hablar de eso”. Esa frase retumbaba en la cabeza de cada uno de los alumnos del colegio militar. Ellos afirmaban que estuvieron ajenos al pasado oscuro. A la época más triste de la historia argentina. Sin embargo, todo el mundo sabía que en la ESMA se torturó gente en la última dictadura. Había un código de silencio. Nadie podía hablar del tema. Alfredo sabía que debía callarse. Su mente pensaba mucho, pero su boca no emitía palabra. Por las noches de guardia, se sentían muchos ruidos. Eran los retazos que quedaron de aquella dolorosa página en la historia de nuestro país. 

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Alfredo se sentó en una silla blanca de plástico. Quiso alcanzar el control remoto de la televisión. Lo tomó, cuando de repente sonó su celular. Se sorprendió por la llamada.
-Hola “Chueco”, ¿Cómo estás?
- ¿Quién habla?
-Soy yo, “Lolo” Bessero. Tu camada de la promoción 35. ¿Te acordas de mí?
En ese momento la llamada se cortó. Una lágrima cae por la mejilla derecha de “Fredy”, (Como le dicen los conocidos). Tardó en reponerse. La emoción era muy fuerte. 
A partir de ese momento miles de recuerdos vinieron a la mente de Alfredo. Las cenizas del pasado volvían. 
Pude observar que mi padre estaba algo raro. Lo vi en su cara. Estaba muy conmovido, ya que no había tenido novedades de sus ex compañeros de la marina desde que pidió la baja y se volvió a Tucumán. 
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Cuatro pilares blancos y gigantes, escoltaban una pequeña puerta. En la parte superior, con letras doradas y en mayúscula resaltaba el nombre de “Escuela de Mecánica de la Armada”. El edificio de Avenida del Libertador 8151, en el barrio porteño de Belgrano, no era un edificio más. Detrás de esos paredones blancos, adornados con grandes ventanales se escondían muchos secretos.
A las 6 de la mañana, el sol pedía permiso para asomarse. Se escuchaba un fuerte sonido de un silbato, que irrumpía con el silencio sepulcral del imponente establecimiento militar.
La señal de los oficiales mayores era sagrada. Alfredo y sus compañeros no podían demorar ni un segundo. Bajaba de su cama, que se le había asignado en el pabellón e inmediatamente debía saltar a la par de su lecho. Este ejercicio matutino y rutinario, era una orden de los supervisores para que los aspirantes navales se despabilaran antes de iniciar sus actividades diarias.
Treinta minutos. Ese era el tiempo máximo que tenían esos pibes de 16 años para higienizarse y desayunar. Si superaban ese lapso otorgado, la sanción era inevitable. 
La formación militar, era lo más importante. Si llegabas tarde o si formabas mal, se consideraba un acto de indisciplina. Si uno se equivocaba, pagaban todos.
El adiestramiento incluía formación y baile. El famoso “Baile” en la jerga de los “milicos”, consistía en pruebas como “Cuerpo a tierra”, “Carrera mar” y “flexionados mar”. El agotamiento se dejaba entrever en el rostro de Alfredo. Sin embargo, él sabía que el cansancio no podía vencer. El día en la Armada era largo y tedioso.
El almuerzo debía ser relámpago. Muchas veces no los dejaban hacer la digestión y ya tenían que volver a las tareas. La jornada se completaba con cursos y charlas relacionadas a la carrera.
La última actividad era el desfile. Uno a la par de otro, como si fueran hormiguitas blancas. Identificados con su uniforme blanco que usaban en el verano. Ninguno podía salirse de la fila. 
Cuando el reloj marcaba las 22, todos debían estar en sus camas. Si alguno deambulaba por el pabellón después de la hora de dormir, el castigo era colectivo. Alfredo, exhausto por el largo día, nunca tuvo problemas de sueño. Apenas apoyaba su cabeza en la almohada, cerraba los ojos y se fundía en un sueño profundo. Él era consciente. Sabía que si quería estar allí, no podía dar un paso en falso. En su cabeza sólo estaba el pensamiento de su familia y de saber que el día siguiente iba a ser más duro y que necesitaba si o si reponer energías. 
                                                                                                                 
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Alfredo se levantó de su silla. Se dirigió hacia el baño, abrió la canilla. Se mojó la cara y se miró al espejo. Sabía que ya no era el mismo. No era aquel joven, ágil y atleta que no le temía a nada. El paso de los años se denotaba en su físico y en su forma de pensar. Ya pasaron 35 años de ese 1981, donde ese pibe de 17 años se apasionaba por su carrera militar y estaba decidido a comerse el mundo.
El sonido del teléfono volvió a sorprenderlo. Miró en la pantalla de su celular y era el mismo número que lo había llamado anteriormente. Atendió.

-Hola.
-"Chueco" ¿Qué te pasó? ¿Se cortó la llamada?
-Sí, parece que me quedé sin señal.
-No hay drama, te habla Salvador “Lolo” Bessero. ¿Te acordas verdad?
-Claro compadre! Tantos años.
-Te quería avisar que los changos de la “Promo ‘35” quieren reunirse en Córdoba, en Octubre. ¿Estarías dispuesto a ir?
-Creo que no habría problema. Tengo que pensarlo bien y te aviso. (El tono de voz se le volvía a entrecortar a Alfredo).
-Dale camada, estamos en contacto.

En ese momento, Alfredo no sabía qué hacer, ni que pensar. El pasado tocaba su puerta y lo removía entero por dentro. Una mezcla de sensaciones recorría todo su cuerpo. 
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La mañana era fría. El viento rozaba y quemaba las mejillas de los aspirantes navales. El sol hizo sentir su ausencia, en una jornada matutina teñida de gris. 
Alfredo dejaba entrever su cansancio. Estaba harto de las órdenes prepotentes de los suboficiales. Sin embargo, sabía que tenía que respetar y acatar cada una de las palabras que salían de la boca de las autoridades del colegio militar. Con ellos no había relación.
Los únicos dichos que se intercambiaban eran los pactados en las reglas y normas de la institución. Los compañeros sabían que “El Chueco” era atorrante y rebelde. Pero nunca se imaginaron, que el dragoneante Reynaga tuviera un acto de indisciplina con uno de los mayores. Fue un entredicho, el cual obligó a Alfredo a ser castigado todo el fin de semana.
El mismo día que "Fredy" fue castigado y aislado, su madre había ido a visitarlo. Más de 1200 kilómetros había recorrido Carmen Rodríguez. Su rostro denotaba cansancio por las más de 20 horas que había tenido que soportar en el largo viaje en tren. Su ansiedad era notoria. Quería ver desesperadamente al único hijo de los seis varones que no se encontraba en casa. Llegó a la puerta del establecimiento y se sorprendió. El corazón le latía fuerte. Le comunicaron que su hijo estaba incomunicado por un acto de indisciplina. Ella pidió que lo dejaran ver aunque sea cinco minutos. El guardia, nacido en Tucumán se conmovió con sus comprovincianos y accedió. Dejó entrar a Carmen para que pudiera hablar con su hijo. Transmitirle cuanto se lo extrañaba en su provincia natal y brindarle todo el apoyo posible a través de un abrazo. 
En ese abrazo, Alfredo encontró muchas sensaciones. Sentimientos encontrados. Ganas de no soltar nunca a su madre y volverse a Tucumán, tirando todo por la borda. Pero no. Ese abrazo fue el que le dio muchas más fuerzas para seguir adelante. Para no darse por vencido. Él sabía que la lucha debía continuar.   
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Sonó la alarma. El reloj marcaba las 6 de la mañana. Alfredo abrió los ojos lentamente. Se sentó en la cama y pensaba. Tenía la mirada perdida. El recuerdo de la hora golpeaba en su mente y en su corazón. El mismo horario lo trasladaba 35 años atrás. Sabía que actualmente las obligaciones y las responsabilidades eran otras. Se levantó de la cama y se dirigió al baño. Se mojó el rostro y se miró al espejo. En ese momento decidió volver al pasado. Tomó su teléfono, buscó en sus contactos y apretó la opción llamar.
-Hola "Lolo" ¿Cómo estás? 
-Hola "Chueco" ¿Qué contas?
-Aquí ando tirando nomas. Sabes que te llamaba para decirte que al final decidí prenderme para ir al encuentro en Córdoba.
-Que alegría me das "Chueco" querido. Ya le comunico la noticia a los camadas. Anda armando el bolso, a las 22 te paso a buscar.
-Meta compadre, nos vemos.

Alfredo no perdió el tiempo. Tomó la decisión de no ir al trabajo. Agarró su bolso verde con negro, viejo y un poco arruinado por el uso y comenzó a llenarlo de ropa y algunas cosas personales que creía que le hacían falta para este viaje. En realidad, no quería llenarlo demasiado. Esto se debía, a que en el viaje de regreso quería traerlo lleno de recuerdos y emociones.
Un auto gris, marca Volkswagen se estaciona en frente del portón negro de la casa de la familia Reynaga. La bocina sorprendió a "Fredy", que se despide de mi madre y me da un abrazo. Se subió al vehículo con la ilusión del reencuentro.
Pude ver en el rostro de mi viejo, que la alegría lo desbordaba. Nos agradecía por haberlo impulsado junto a mi madre Fátima, que realizara este viaje y se reencontrara con sus ex compañeros. 
El conductor del auto, lo esperaba a la par del vehículo. Era “Lolo” Bessero. Alguien a quien Alfredo recordaba muy bien. Se fundieron en un abrazo que sería la antesala de lo que se venía. Un viaje largo los aguardaba hasta “Piquillín”. Un pueblito chico y sencillo a 40 kilómetros de la capital cordobesa. 
Alfredo durmió durante casi todo el viaje. El sol asomando por la ventanilla del automóvil lo sorprendió. Apenas llegaron al camping, el lugar destinado para el reencuentro, Alfredo descendió del automóvil y se detuvo. El corazón le latía a mil. Nervios, ansiedad y emoción. Todo junto en un solo cuerpo. Divisó primero a los ex compañeros que reconocía, porque a pesar del paso de los años estaban iguales que cuando cursaban la carrera militar. Sin embargo, el chueco se fundió en un abrazo eterno con cada uno de los camadas. El fin de semana fue inolvidable. Pasó volando. Pero no para Alfredo. El llenó su bolso con alegrías, recuerdos, abrazos, lágrimas, muchas emociones y sentimientos encontrados. Se despidió de sus ex compañeros, con el deseo de volver a reencontrarse y poner en lo más alto sus ideales heredados de la Escuela de Mecánica de la Armada. Esos ideales patrióticos de respetar a los símbolos patrios y defender los colores argentinos hasta la muerte  y los valores que aprendió en la ESMA, ser buena persona, respetar a la familia y valorar cada cosa que hacían los seres queridos por él.

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En aquel imponente establecimiento eran muchos. Sin embargo, todos se conocían. Para los camadas, Alfredo era alegre, un buen amigo, atorrante y pícaro. Pero, a la hora de ponerse serio era responsable. La sonrisa se le desdibujaba del rostro y fruncía el ceño. En tercer año del curso de maquinista, llegó a tener gente a su cargo. Esto no fue gracias a su actitud militar, ya que su comportamiento rebelde no lo ayudaba. Las notas destacadas que sobresalían en la libreta de calificaciones de Fredy, lo beneficiaba y es por eso que le otorgaban tal responsabilidad.
La hermandad y la unión era algo que se notaba mucho entre los compañeros. Se dejaba entrever en el apoyo psicológico y físico. Se sufría mucho. A tal punto que el equilibrio emocional se veía desbordado. Más de uno de esos pibes, dejaba salir esas lágrimas que bañaban las mejillas y enrojecían los ojos. Por la cabeza pasaban muchas imágenes. La familia era la foto principal que aparecía en la mente de casi todos los aspirantes navales.
Alfredo no tenía tiempo para mariconeadas como decía él. Dividía su tiempo en cumplir con sus obligaciones e integrar la selección de fútbol de la Escuela de Mecánica de la Armada. Un momento que mezclaba recreación y requería una cuota de seriedad. Por su buen desempeño y porque “zafaba” de los bailes, Alfredo se ganó un par de enemigos allí adentro. Muchos no lo querían. Él se daba cuenta de eso, pero hacía la vista gorda a estas cuestiones. Estaba concentrado en otra cosa. En no fallarle a su familia.
Pero algo falló. Con 23 años Alfredo no era tan feliz como se creía. Era capaz de dar su vida por su Patria y por  la insignia militar. Sin embargo, fueron muchos los factores que llevaron a "Fredy" a tomar una decisión trascendental en su vida. Decidió darle fin a su carrera como militar. Influyó mucho el hecho de estar lejos de su familia y de sus seres queridos. De extrañar su provincia natal.  Alfredo sabía que no había marcha atrás. Si pedía la baja, su carrera militar se acababa. Sin embargo, él en su interior sabía que había dejado todo en esos 7 años que le dedicó a la marina. Entonces un día se animó. Enfrentó a las autoridades y pidió su baja. Armó su bolso con lágrimas en los ojos. Era una determinación difícil en su vida. Dejaba muchos amigos y buenos compañeros allí. Sabía que difícilmente iba a poder volver a verlos. Alfredo se subió al tren que lo trajo de regreso a Tucumán. En la estación ferroviaria de nuestra provincia, lo esperaba su madre Carmen. Se fundieron en un abrazo y volvieron a casa. Al llegar a su hogar, él sabía que iba a tardar en caerle la ficha. Que ya no iba a sentir nunca más el silbato a las 6 de la mañana. Que no iba a jugar nunca más al fútbol en el seleccionado de la ESMA. La vida de Alfredo cambiaba rotundamente a partir de ese momento. Pero él sabía que en su corazón iba a llevar por siempre la Escuela de Mecánica de la Armada. Sus ideales patrióticos, de defender la Patria hasta morir y sus valores como persona de aprender a respetar a la familia, valorar lo poco que uno tiene, cada abrazo, cada cariño por parte de sus seres queridos, esos valores sabía que iba a llevarlos para siempre. Cada una de las cosas que le habían enseñado en la Armada, iba a llevarlas siempre en su memoria.
   
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La Escuela de Mecánica de la Armada sigue en el mismo lugar. Pero ya no es el mismo. El monstruoso edificio, ahora se divide en dos. Una parte es un museo de la memoria. La otra parte sigue igual. Está abandonada. Alfredo observa las fotos en silencio, a través de un monitor de computadora. Contempla lo que quedó de aquella vieja y añorada ESMA. Le causa tristeza ver que por una decisión política, hoy por hoy aquel establecimiento que le dejó un legado importante en su vida, sea un museo. Reniega por ver esas imágenes tan dolorosas como una puñalada al corazón. En su interior, el quisiera que ese lugar que lo formó como militar y como persona, ese espacio que le dejó grandes valores para su vida; sea escuela de nuevo. Que siga formando chicos, como lo formaron a él. "Fredy" nunca regresó al lugar que lo formó como persona. Después de 35 años, él sabe que volverá. Va a regresar y atravesará esos gigantescos pilares de cemento pintados de blanco, que resguardan una pequeña puerta de madera. Pero ya no como un marinero. Ya no con aquel uniforme azul, bordado con letras doradas que significaba la insignia de la marina. Volverá. Como una persona común y corriente que visita un museo. Pero en su corazón Alfredo será el mismo que hace 35 años. Aquel pibe que juró morir por la patria. Sabe que sus ideales no morirán. Él se los llevará a ese lugar en donde una persona descansa eternamente. En donde el cuerpo descansa, pero el alma vive. El espíritu patriótico no morirá nunca en Alfredo Reynaga. Sus descendientes seguirán ese legado y él desde donde quiera que este cuando le toque partir, se sentirá orgulloso. 




Palabras de Salvador "Lolo" Bessero, compañero de Alfredo Reynaga en la ESMA.



Vídeo con imágenes de Alfredo Reynaga y su pasión por la marina.

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